El extranjero que se enamoró de los aromas de México

La semana pasada me visitó un amigo de Bélgica, a quien conocí durante un viaje que hice a aquel hermoso país. Antes de volver a su casa me dejó una carta en la que expresa lo enamorado que se va de nuestro amado México, esto gracias a toda nuestra cultura, pero más que nada por los olores que emanan de nuestra comida mexicana. Aquí les dejo traducida la carta, íntegra y espero la disfruten. Lo hago con la intención de que vean cómo es que se van los extranjeros que nos visitan.

“Amigo, en tu país dicen que a los hombres se les conquista por el estómago, nunca lo entendí hasta que te visité. Su comida y sus aromas son dos fuerzas que unidas evocan al amor. Mi gusto y mi olfato se van enamorados de México, lo hacen con la promesa de volver en un futuro no muy lejano. Desde el primer momento en que pisé tu tierra supe que el paladar iba a agradecer esta visita. Recuerdo que pasaste por mí al aeropuerto y en cuanto pasamos por un mercado de comida me llegó el olor de las quesadillas, los cómo se dicen… ¡huaraches! Mucha carne y grasa, pero muy deliciosa y olorosa. Después llegamos a casa de tus padres, donde tu mamá nos estaba cocinando una comida de bienvenida. No se podía ver, pero yo imaginaba el humo, que más que humo era el aroma de lo que tu madre cocinaba. Chuletas adobadas. No somos fanáticos del chile, nos pica incluso desde que lo olemos, pero algo había de especial en tu hogar. No picaba, sólo me sentía como uno de los perros de Pavlov, babeando porque la campanilla estaba a punto de sonar.

Después me diste un tour por el centro de tu ciudad. Todo lo que probé tenía el toque mexicano. Desde las tortillas grandes, que no recuerdo su nombre, pero que estaban preparadas con nopales, chiles, cebolla, salsa y no sé qué tantos ingredientes más. Los chicharrones con cueritos, crema, salsa y limón. Una bomba para mi estómago, pero fueron una delicia. Incluso los helados de los carritos sabían muy diferente a todos los que había probado en mi vida. Las aguas de sabor. Las paletas de hielo. Las tortas. Pero lo mejor, y no quiero demeritar al resto, fueron los tacos. Te he de confesar que no me daban mucha confianza los puestos donde me llevaste, pero en el momento que pasamos por los pasillos abarrotados por taqueros, por trompos de pastor, oler la carne cocinándose en un charco de aceite. Era un olor indescriptible, que me provocaba terror y amor. Cuando lo comí, supe que fue amor a primera mordida.

Gracias por llevarme a los lugares más, cómo decirlo, más rústicos y no a los restaurantes de clase. Gracias por permitirme conocer tu cultura, sus aromas y sabores, los cuales jamás olvidaré. Espero que cuando me visites o yo lo haga, lo que pase primero, volvamos a disfrutar de esos manjares. Lo espero lleno de ansias. Por cierto, agradece a tu mamá por las chuletas fritas y las adobadas, prometo que las devoraré en cuanto aterricé en Bélgica”.

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